Revoluciones industriales: progreso y destrucción

Por la Espiral

Claudia Luna Palencia

No hemos sabido compaginar el desarrollo de la técnica y la tecnología con la planeación demográfica y urbanística necesaria para mantener un balance que, en el tiempo, nos hiciera más fuertes ante los desafíos. Hemos llegado desnudos y débiles e improvisando sobre de la marcha en un  mundo lleno de egoísmos e intereses hegemónicos imperantes.

            Total si no te mata el virus, lo hará un terremoto o un incendio, quizá una ríada, a lo mejor un tsunami o los yihadistas pondrán una bomba o igual en unos años, como lo dijo el presidente norteamericano Joe Biden, habrá una guerra con Rusia y terminarán llevándose entre los dos al mundo entero. Parece un rosario de calamidades.

            Los dos más grandes desafíos para la Humanidad en este momento pasan por derrotar al virus del SARS-CoV-2  y evitar que se haga más letal y evada la capacidad inmunogénica de las actuales vacunas; el otro tema tiene que ver con la incidencia en nuestras vidas y las generaciones futuras del cambio climático. Aquí tenemos nuestras dos pandemias sumadas juntas haciéndonos  la vida imposible.

            Y en el segundo ya tenemos un código rojo: así lo desmenuza, el más reciente informe “Cambio climático: las bases científicas”, elaborado por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) formado por investigadores de una red de 195 países que han nutrido a Naciones Unidas, de una serie de documentos  y artículos científicos en torno a cómo está alterándose el clima, el medioambiente y el ecosistema de forma progresiva.

            De acuerdo con el IPCC, la interacción humana  es la responsable de que las temperaturas estén elevándose  y propiamente por el efecto de las emisiones de los gases de efecto invernadero que han provocado un calentamiento del planeta en un 1.1 grados centígrados desde el período de 1850 a 1900 hasta la actualidad.

            Se trata de una etapa que tendería  a correlacionarse con la Segunda Revolución Industrial en la que justo se dio vida a  muchos de los grandes inventos que, en definitiva, marcarían el siglo XX y la posteridad:  la invención de la bombilla eléctrica (1878); la aparición de la bicicleta que facilitó el uso de las ruedas (1880); surgieron los primeros vehículos de gasolina (1885) además se empezaron a utilizar materiales como el aluminio, acero, zinc, níquel, manganeso, cobre y cromo.

En 1867 se experimentó con la dinamita, en 1895 la marca Peugeot fabricó el primer vehículo con neumáticos  y para los primeros inicios de 1900, los hermanos Wright inventaron el aeroplano. Fue un período en que la electricidad y el petróleo marcaron el devenir de la prosperidad del mundo.

            Así se dio paso a la Tercera Revolución Industrial y a mediados de la década de 1960, la expansión de la clase media aceleró en buena parte de los países aumentando la demanda por diversos bienes sobre todo los automóviles.

            Las fábricas, las industrias y los vehículos,  marcaron el signo de los nuevos tiempos, pero dicho auge trajo consigo otros problemas que, para la década de 1970 empezaron a llamar la atención de diversos investigadores y asesores gubernamentales y de varios organismos internacionales: la contaminación industrial.

A COLACIÓN

Entonces, se puso sobre de la mesa, la necesidad de evaluar y dar seguimiento al impacto que la actividad del ser humano, sobre todo en sus aspectos productivos, generaba en su entorno natural: así, en junio de 1972, en Nairobi, Kenia nació el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y en 1988, fue creado el IPCC, como un órgano científico internacional gracias al consenso entre el PNUMA y  la Organización Meteorológica Mundial (creada en 1950 en Ginebra, Suiza).

            En la medida que ha ido avanzando el deterioro en el medioambiente, los ecosistemas y se han ido extremando las condiciones climáticas y meteorológicas, la atención sobre de los gases de efecto invernadero y el papel del Dióxido de Carbono (CO2) emitido en la atmósfera han atrapado la atención de los investigadores del grupo IPCC cuyas conclusiones más recientes, reafirman que el CO2 es culpable de mucho de cuanto se está viviendo en la actualidad y seguirá sufriéndose en el futuro.

El informe entregado al titular de la ONU destaca que, desde 1970, las temperaturas de la superficie global aumentaron más rápido que en cualquier otro período de 50 años durante los últimos dos mil años.

            Asimismo, el ensayo elaborado por el panel de expertos, indica que existen claras pruebas de cómo el CO2 es el principal “agente del cambio climático” aunque haya otros gases de efecto invernadero y contaminantes del aire.

            De allí que la descarbonización debió comenzarse en los principales países contaminantes del mundo no ayer, sino hace por lo menos tres décadas atrás. Y van lentos, como tortugas, poniendo fechas de emisiones cero irrisorias más allá de 2030… más allá de 2050. Los estragos que nos aguardan no tendrán piedad, ni fecha de caducidad.

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