#Opinión
Claudia Luna Palencia
Un nuevo episodio armamentista
            El  deshielo de la Guerra Fría fue históricamente posible  debido a la buena sintonía entre el mandatario estadounidense y su homólogo ruso, tras un acercamiento decisivo entre Ronald Reagan y Mijail Gorbachov en Reikiavik, el 11 y 12 de octubre de 1986, para hablar de desmilitarización conjunta.
            Había entonces la voluntad mutua de ceder y conceder, de un quid pro quo, en el delicado terreno de la militarización y la industria bélica que implicaba para ambas partes frenar el acopio de armamento.
            Lograr el entendimiento no fue fácil, en esa ruta fue necesario invertir tiempo entre Reagan y Gorbachov a lo largo de cinco diferentes cumbres hasta converger en una opinión en común de lo que debería ser el nuevo orden internacional dejando atrás la bipolaridad entre estadounidenses y  soviéticos.
            En ese entonces la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS)  venía de un proceso de reformas amplias: Gorbachov, como secretario general  del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, impulsó una serie de transformaciones desde 1985 hasta 1991.
            Las dos más conocidas y torales fueron, la primera, la Perestroika (significa reestructuración en ruso) orientada a reformar el tejido económico soviético; y la segunda,  la Glásnost (significa liberalización en ruso) destinada a liberalizar el rígido y rancio sistema político soviético.
            En esa vorágine de cambios internos, también había el deseo de restar tensión internacional en un mundo acostumbrado a sufrir la ríspida y muchas veces peligrosa bipolaridad entre estadounidenses y soviéticos tras finalizar la Segunda Guerra Mundial.
            De esta forma, en Washington, Reagan y Gorbachov signaron el 8 de diciembre de 1987  el Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF, por sus siglas en inglés)  que implicaba el compromiso real  de eliminar los misiles balísticos de crucero nucleares o convencionales con un rango operativo de alcance  ubicado entre los 500 y  los 5 mil 500 kilómetros ubicados en instalaciones tanto de Europa occidental como de Europa oriental.
            Europa estaba dividida prácticamente en dos bloques,  con Europa del Este ubicada concéntricamente en la llamada “cortina de hierro” terminología utilizada para referirse a la división entre la Europa capitalista y la otra comunista bajo la bota de la URSS.
            Quitarle entonces elementos de tensión a la geopolítica implicaba una desmilitarización de la zona, de ambas europas y también de asumir el  pacto de la destrucción de misiles; así el 1 de junio de 1992, EU dio cuenta de la destrucción de 846 misiles y la URSS lo hizo asimismo con  1 mil 846. Y ambos aceptaron la inspección constante para evitar la remilitarización futura.
            La semilla del cambio había sido sembrada floreció entonces en la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, a fin de facilitar la reunificación alemana; seguida por una imparable transformación que llevó al desmantelamiento del bloque comunista tras el desmoronamiento de la URSS en 1991.
 A COLACIÓN
            Se soñó entonces con otro mundo posible, con una paz menos amenazada y manoseada por las dos potencias hegemónicas del momento, sin embargo, el Tratado INF no aguantó más, no al menos ante los nuevos apetitos militares del presidente estadounidense Donald Trump y los embates en  similar sintonía de su contraparte, el dignatario ruso, Vladimir Putin.
            Prácticamente ha quedado disuelto 31 años con un mes y pocos días después, tras el anuncio de la Casa Blanca el viernes pasado de que “Rusia lo violaba desde hace tiempo” y por ende, no tenía caso continuar en él.
            Fue una promesa de campaña de Trump, la de sacar a su país del acuerdo bajo el argumento de que no sirve, lo que en realidad le permite legitimar los planes de Washington en pro de incrementar  los contratos a favor de las empresas fabricantes de misiles y armas no convencionales.
            Al día siguiente del comunicado, el presidente Putin reunió temprano por la mañana en el Kremlin tanto a su ministro de Exteriores, Serguei Lavrov, como a su ministro de Defensa, Serguei Shoigu, para analizar la situación y la estrategia del “oso eslavo” y en reciprocidad, decidió retirar a Rusia también del INF.
Convertido en un fantasma del pasado, el acuerdo negado ahora por ambas partes, implica abrir el melón a una nueva carrera armamentista que, si en el pasado era peligrosa, en el presente-futuro es riesgosísima para el equilibro de fuerzas y  de la paz global en un mundo multipolar.

Directora de Conexión Hispanoamérica, economista experta en periodismo económico y escritora de temas internacionales