#Opinión

 POR LA ESPIRAL

“A Ramiro Luna Ramírez, mi padre, que descansa ya en la gloria del Señor”

Un poco de pólvora social sirve para encender una mecha que puede terminar siendo un polvorín incontrolable, convertirse en todo un revulsivo, crecer en una revuelta civil.

El pueblo de Francia lo aguantó todo hasta que les escaseó el pan se atrincheraron a las afueras de Versalles con sus picos, sus palas, sus hoces para cegar, lo hicieron con sus ropas raídas y sus rostros enjutos desvencijados por el hambre mientras adentro, en la opulencia, vivían su propio mundo paralelo la reina María Antonieta y el rey Luis XVI.

Las protestas, de menos pasaron a más, terminaron con la caída de la monarquía, fue abolida por completo, y con los reyes pasados por la guillotina. Llegó a tanto que brotó la Revolución Francesa.

 Al nuevo delfín del Elíseo, el presidente Emmanuel Macron, en petit comité le llaman de sorna “el pequeño Napoleón”, se le está evaporando  rápidamente la popularidad y también el poder.

Y desde Washington, su homólogo estadounidense Donald Trump, va riéndose de él, de sus políticas económicas y ecologistas; ya el sábado pasado se despachó a gusto en su cuenta de Twitter: “El Acuerdo de París no está funcionando nada bien para París. Las protestas y revueltas están por toda Francia. La gente no quiere pagar más dinero, mucho va para países del tercer mundo (y es algo muy cuestionable) para supuestamente proteger el medio ambiente. Los oigo decir “nosotros queremos a Trump”. Amo a Francia”.

Lo ha escrito a propósito del cuarto fin de semana de revueltas en París y en efecto en otras partes de Francia, aunque los chalecos amarillos están convirtiéndose en un fenómeno europeo porque también se protestó este fin de semana en Bruselas y en Londres.

Va creciendo como un alud social que arrancó por la propuesta del presidente Macron de incrementar los precios de los carburantes a partir del 1 de enero de 2019 con la finalidad de seguir penalizando más a los conductores de vehículos a base de combustibles fósiles.

La intención es desincentivar cada vez más el uso de los coches  y apostar más por los eléctricos o por el transporte público pero la gente en Europa está golpeadísima económicamente hablando, han pasado largos ocho años duros de recesión y en muchas partes el Estado Benefactor se ha diluido.

La Europa social está sostenida por una delgada hebra a punto de resquebrajarse mientras sus gobernantes la siguen estirando brutalmente por eso está triunfando el resurgimiento de los nacionalismos obtusos de la ultraderecha que van ganando rápidamente adeptos.

El fenómeno masivo de los llamados chalecos amarillos (además emanado de las convocatorias de las redes sociales) amenaza con convertirse en un cisma social no nada más para Francia sino para toda Europa; ser un parteaguas en tiempos volátiles y con miras a las elecciones del Parlamento Europeo de mayo de 2019.

A COLACIÓN

Y mientras la Francia insumisa sale violenta a protestar, Trump lo celebra: “Un día y una noche muy triste en París. Talvez, es momento de terminar con el ridículo y extremadamente caro Acuerdo de París y devolver el dinero a la gente en la forma de menos impuestos?”.

Ése es el discurso que cala, que endulza los oídos de las huestes despavoridas y enfurecidas, de esa clase media que ya dijo basta por hoy y basta por mañana; de la gente bien formada que está saliendo a las urnas a votar a partidos de ultraderecha.

¿Por qué les votan? Porque venden lo mismo que Trump: odio, desprecio, xenofobia, el discurso donde los extranjeros son enemigos y en la que bajar los impuestos, recobrar el control industrial, retomar el chovinismo arcaico sirven para hacerle creer a los demás que así lograrán la prosperidad.

En la ira de los chalecos amarillos se están mezclando muchas frustraciones ciudadanas y sociales ya no se protesta únicamente por la subida en el precio de los carburantes, que además el presidente galo enterró definitivamente porque ya dijo hace unos días que no habrá tal; y sin embargo, la gente sigue en las calles.

Hay un cierta sospecha: así como la llamada Primavera Árabe, que en diversos países árabes prendió la chispa del cambio a partir de 2011, la de los chalecos amarillos convertida en emblema pueda estar siendo aupada por intereses ultraderechistas externos a Europa; es decir, que  esté siendo  lubricada por fuerzas  desestabilizadoras interesadas en romper a los europeos, en socavar su unidad para dejar el mapamundi europeo nuevamente fragmentado. El meollo es que Macron cometió el error de encender la chispa…