La madrugada del domingo 9 de febrero de 1913 marcó el primer golpe seco al movimiento democrático que inició el coahuilense Francisco Ignacio Madero González, quien el 6 de noviembre de 1911 fue el primer Presidente de México electo en el Siglo XX, tras la caída del oaxaqueño Porfirio Díaz Mori. Se sublevaron militares, tomaron Palacio Nacional, asaltaron el depósito de armas de La Ciudadela y dio comienzo la llamada Decena Trágica.

Recuerdo a mi profesor de tercer año de primaria, el campechano Manuel Flores Santos, por su pasión para hablarnos de los días aciagos que se iniciaron con el desplazamiento, a caballo, del Presidente Madero desde la residencia presidencial ubicada en el Castillo de Chapultepec hasta Palacio Nacional, escoltado por 300 cadetes del Heroico Colegio Militar. El profesor señaló el acontecimiento como la primera y sangrienta traición a la democracia que se instauraba luego de la dictadura porfiriana.

Han transcurrido 105 años, una larga distancia que debería de enorgullecernos a los mexicanos y sin embargo no es así, cuando menos lo estamos contemplando cuando en un proceso electoral de singulares características. Vamos por el decimoquinto sexenio gubernamental, consecutivos desde 1934, donde la democracia está derrotada por la partidocracia, por candidatos presidenciales sin ideología política, carentes de sensibilidad nacionalista y faltos de programa y acciones.

Al repasar las páginas de la Historia Patria, vemos que el conocimiento de los sucesos registrados en el siglo pasado, es factor importante para entender que en este 2018 no se daría una Marcha de la Lealtad, si ello fuese necesario, porque se perdió el respeto a la institucionalidad y a quien por el voto popular la representa. Los intereses personales, la ambición por el poder, la obsesión de obtener privilegios, caracterizan a casi todos los pretendientes a sentarse en “La Silla Presidencial”.

A Francisco I. Madero se le conoció como “El Apóstol de la Democracia”. Mucho se habló de su libro “La Sucesión Presidencial”. No faltaron las críticas hacia el hombre de baja estatura física y de gran altura política, por el movimiento antireelecionista que emprendió. Los gobiernos sexenales, fueron calificados como “emanados de la Revolución Mexicana”, pero ello terminó a la mitad del sexenio de Miguel de la Madrid Hurtado y en el siguiente gobierno se borró de la terminología oficial, en documentos y en discursos, relativa al movimiento armado de 1910 y su secuela. También se eliminó la frase “Sufragio Efectivo. No Relección”, que se escribía al calce de documentos oficiales.

El suceso revolucionario se desarrolló del 9 al 22 de febrero, dejando un buen número de muertos, entre ellos el general Bernardo Reyes, en la frustrada toma de Palacio Nacional; lo acompañaban los también divisionarios Manuel Mondragón y Félix Díaz, sobrino del derrocado oaxaqueño. En el exterior de la Penitenciaría del Distrito Federal acribillaron a Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez, cumpliéndose las órdenes de Victoriano Huerta. Era sábado 22 de febrero de 1913.

Se afirma que los mexicanos vivimos en paz. Bueno, eso era antes. Hoy el ambiente es de inseguridad, dentro y fuera de los hogares. Hoy, no hay revolución armada porque la guerra es verbal. En el pasado se sustentaban ideologías, criterios firmes, mientras que en el presente los aspirantes presidenciales se concretan a descalificarse unos a otros. La popularidad no se medía con encuestas a modo, los que buscaban el voto eran políticos de carrera, no políticos hechos a la carrera. En fin, objetivo es  recordar lo que los maderistas consiguieron; posteriormente se desencadenó la fratricida guerra entre villistas, zapatistas, obregonistas y carrancistas.

PREGUNTA PARA MEDITAR:

¿Durante los días de la campaña oficial, los tres candidatos ya conocidos y los tres aspirantes independientes (“El Bronco”, Margarita y “El Jaguar”) cumplirán con el papel que les corresponde?