Fuente: nytimes.com

Como lo hacen las diosas más grandes del cine, Scarlett Johansson se eleva por encima de todas las cosas. En el thriller de ciencia ficción Ghost in the Shell: la vigilante del futuro, al que en realidad le hacen falta momentos emocionantes, su personaje llega al espectador por partes: primero surge debajo de los créditos de inicio en la forma de un esqueleto metálico. Se ve bien —evoca al Terminator original— pero el esqueleto no tarda en sumergirse, como papas fritas, dentro de una sustancia blanquecina. Este caldo tecnológico es una cobertura humanoide para el soporte metálico; le da una apariencia más familiar y agradable de pies a cabeza, sin mencionar sus fabulosas curvas. Parece una gigantesca Barbie de ensueño, con todo y pubis lampiño.

Disfruta los créditos, porque tienen las imágenes más fascinantes y creativas de este filme que, a pesar de estar lleno de ideas visuales, a menudo resulta decepcionante y monótono. Ghost in the Shell es la adaptación del célebre manga japonés de Masamune Shirow; es una de esas historias acerca de un futuro sombrío que rayan en lo distópico sin ser totalmente apocalípticas. Con ese fin, está ambientada en un futuro tan distante que resulta exótico y tan familiar que parece posible. El manga original ocurre en un “extraño conglomerado-Estado corporativo llamado Japón”, mientras que la película no se desarrolla en ningún lugar en específico, tan solo es una megalópolis universal llena de torres colosales grises.

Desde luego, el leviatán más importante es el personaje de Johansson, una cíborg llamada Mayor que encaja sin problemas en este mundo, con su rostro inexpresivo —a menudo tan neutral como una máscara— y los impecables puertos que tiene en el cuello para conectarse a cables. Estos orificios artificiales son misteriosos y muy sugerentes; al mismo tiempo crean una sensación de vulnerabilidad humana y plantean la posibilidad de lo poshumano. Mayor a veces llena sus puertos con una sustancia y también los usa para conectarse con otros personajes. La única parte humana que tiene es su cerebro, así como su alma, o el “ghost”, en la jerga poética de la historia. El resto de Mayor es una carcasa flexible y reparable, lo cual la hace perfecta para realizar el trabajo rudo de un grupo policial conocido como Sección 9.

Como lo sugiere el título, Ghost in the Shell es acechada por un fantasma: el manga original, sus secuelas y excelentes películas animadas. La primera, también titulada Ghost in the Shell, y la encantadora y fascinante Ghost in the Shell 2: Innocence, ambas dirigidas por Mamoru Oshii. La nueva versión fue dirigida por Rupert Sanders, quien ha trabajado en comerciales e hizo Blancanieves y el cazador. Le gustan las paletas de pintura oscuras y es bueno con los actores, pero aquí hay pocas cosas que se sientan personales, y en buena medida solo funciona como policía de tránsito para un éxito taquillero: gestiona todas las partes costosas que están en movimiento.

Es una lástima, sobre todo porque el Ghost in the Shell original es un deleite filosófico, con placeres que son simultáneamente un banquete visual y un encanto para la mente. Esta versión, en contraste, se deshace de las grandes preguntas sobre qué es ser humano del original, pero deja intactas todas las armas y las persecuciones de automóviles, los clichés de la acción y los estereotipos del género. Sin las grandes reflexiones, la historia se convierte en una película de acción pasable pero insípida, llena de trucos y detalles, buenos actores y una leyenda: el actor y director Takeshi Kitano, quien interpreta a Aramaki, el jefe de Mayor. Habla japonés; Mayor y casi todos los demás hablan inglés.

Los personajes se entienden entre sí, al parecer porque están más allá del lenguaje y a veces se comunican telepáticamente. Al principio, el hecho de que puedan hablarse entre sí resulta un toque creativo, pero como gran parte de Ghost in the Shell —con las geishas deambulantes y los extras asiáticos— termina reduciendo toda una cultura a un elemento decorativo. La película ha sida muy criticada por que la protagonista es Johansson, quien interpreta un papel que era, desde luego, japonés en el manga original, una decisión que no se compensa con un absurdo giro narrativo que parece haber sido creado para anticiparse a las críticas, pero en realidad solo provocará más enojo. Esto no solo es apropiación, también es aniquilación.