Fuente: nytimes.com

No puedes matar por completo a los monstruos, al menos en Hollywood. Después de años sin verlo, el simio imponente con grandes dientes y una afinidad por rubias pálidas reaparece digitalmente recargado en Kong: la isla Calavera. De nuevo, la mayoría del ruido y de la acción surgen de las armas, los monstruos y persecuciones en la jungla, pero los momentos más prometedores se deben a King Kong y a la pequeña mujer que conoce de manera inesperada.

En Kong: la isla Calavera, la bestia tiene un nuevo aspecto en comparación a sus versiones anteriores –de 1933, 1976 y 2005–, así como una nueva compañera. Mason Weaver (Brie Larson) tiene algo más de guerrera que sus predecesoras y ciertamente se viste de manera más sensata. Apunta y dispara, y no solo su cámara.

Isla Calavera tiene prácticamente la misma trama que el clásico de 1933. Esta vez, las aventuras incluyen a un grupo de científicos respaldados por un gobierno y liderados por Bill Randa (John Goodman), quien tiene la mira enfocada en una isla misteriosa y aparentemente no explorada. Los misterios están hechos para resolverse y esta isla, según el razonamiento de Randa, podría tener todo tipo de maravillas. Así que los científicos se embarcan, acompañados por una unidad militar encabezada por el teniente coronel Preston Packard (Samuel L. Jackson) y por Mason, una fotógrafa de guerra que pronto empieza a intercambiar miradas furtivas con el mercenario más atractivo del mundo, James Conrad (Tom Hiddleston).

La película es dirigida por Jordan Vogt-Roberts a partir de un guion de Dan Gilroy, Max Borenstein y Derek Connolly. Los realizadores incluyen muchos detalles ambientales desde la introducción, incluidas las locaciones reales y el ambiente de guerra: la historia se desenvuelve en 1973 y fue grabada en su mayoría en Vietnam. La historia arranca cuando los viajeros se cuelan entre las nubes pesadas que rodean a la isla. Ahí se topan con un enemigo que –sorpresa– resulta ser más humano que otra cosa, aunque también hay varios terrores con garras y dientes filosos.

Durante los años, los críticos han tenido sus diferencias con King Kong, en parte por su representación de los isleños (que en la película de 1933 eran todos de tez oscura). Isla Calavera evita algunos estereotipos, pero retoma otros, en particular una lucha que enfrenta a un personaje negro contra un par de salvadores blancos. Kong a veces queda reducido a los márgenes y aparece de vez en cuando para causar caos e intercambiar, brevemente, miradas profundas con Mason.

Isla Calavera tiene ímpetu, brillo y monstruos que serpentean y golpetean. Los sets y diseños de las criaturas tienen una filigrana hermosa, pero la película no es tan fina. Respaldados por el gobierno y sus armas, los científicos comprueban ser colonialistas con otro nombre, una idea que los realizadores destacan un poco con alusiones a El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad.

Estas referencias le dan al público (y a los críticos) más material para masticar y ayudan a explicar las repetidas referencias a Apocalypse now, la obra de Francis Ford Coppola de 1979 que retoma la trama de la novela de Conrad y la sitúa durante la guerra de Vietnam. En Isla Calavera también abundan las tomas del sol incendiario al fondo y los helicópteros militares en formación; incluso hay un ataque con napalm. Si eso no es suficiente, hay un personaje como el de Dennis Hopper en el filme de 1979: un sobreviviente algo chiflado llamado Hank Marlow (comparte apellido con el narrador de El corazón de las tinieblas) y representado por John C. Reilly. Marlow aparece después de que Kong hace su gran entrada, tumbando helicópteros y dispersando a los sobrevivientes.

Más que sus antecesores, este Kong se ve tan grande como una montaña. El agrandamiento es parte de las películas megataquilleras contemporáneas, aunque en este caso puede que tenga que ver con la pretensión del estudio fílmico de crear una franquicia con monstruos que arrancó con la versión de 2014 de Godzilla.

Si todo sale de acuerdo al plan corporativo, Kong pronto se enfrentará contra ese monstruo de origen asiático. Eso sin duda tiene emocionados a varios fanáticos y a los ejecutivos del estudio, pero la promesa de que regresará le resta tensión y pathos a Kong.

Pese a los cambios cosméticos, los efectos digitales y los intentos de armar un elenco inclusivo, Isla Calavera termina siendo muy similar a las versiones anteriores. Como estas, hace la pregunta crítica –“Espejito, espejito, ¿dime quién es el más monstruoso?”– si el simio o su símil genético más cercano, los humanos. Kong es la bestia a la que conocemos, a la que negamos parecernos, a la que tememos, a la que matamos.

Desgraciadamente, en esta ocasión, Kong ya no es la bestia que amamos, aquella figura trágica que aunque no lograba ganarse el afecto de sus prisioneros al menos seducía a la audiencia. Isla Calavera logra pisar el pedal a fondo en algunos momentos: tiene trazos de película de acción y sustos de película de terror mezcladas con las muertes y los clichés. Y, solo muy de repente, desacelera para que Kong y Mason puedan conmovernos. Pero quizá porque su relación es más empática que romántica esos momentos no tienen tanta resonancia.

Así la bella ya no tiene a su bestia, la bestia no tiene a su bella y estas tinieblas no tienen corazón. Aunque siempre quedará la ilusión de la secuela.